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23 de des. 2016

MI SPARTATHLON



Muchos kilómetros y horas de entreno, muchas horas de correr y correr, con calor, cansado, día tras día, mucha ilusión en un sólo proyecto, la Spartathlon me había absorbido completamente.
No había día que no visualizara mi llegada a Esparta, cada día, sin tregua.
Cada día recorriendo las carreteras griegas con la imaginación, lentamente, soñando el momento de poder por fin correr como Filípides y llegar a los pies de Leónidas y formar parte de la historia misma.
La última semana antes de partir, pasé un resfriado que me dejó muy débil y sin energía, más que nada fue mental, porque el entrenamiento ya estaba hecho, o por lo menos, yo creía que estaba hecho. O puede que no. 
Estos últimos días todo eran dudas, me daba miedo no estar a la altura de un evento de tal magnitud, pero tampoco tenía a quien recurrir, eché de menos la figura de un entrenador o de un coach o alguien que me garantiza el éxito, pero esto no existe, ya lo sé, sólo contaba con mis recursos como corredor y como persona. Todo el mundo me animaba y me deseaba suerte y yo por dentro pensaba en lo acojonado que llegaba a estar...

Y por fin llegó el día, no me lo podía creer, estaba en la línea de salida de la Spartathlon, la carrera que había soñada durante años. Aquella noche dormí poco y mal, como siempre los nervios me traicionaron. Llevaba dos días en Grecia, respirando y viviendo el ambiente de esta gran carrera, haciendo los preparativos, compartiendo con otros corredores impresiones y estrategias de carrera. Había corredores que lo llevaban todo bajo control: los puntos kilométricos, avituallamientos, tiempo de corte, desniveles... todo controlado. Y yo que casi no me lo había mirado ...
Yo soy de los que se deja sorprender, sólo sabía que la carrera eran 246 km y con una subida de mil metros en el kilómetro ciento y pico más o menos y poco más, soy un desastre en ese aspecto.  Correr al fin y al cabo es un acto emocional y las matemáticas no son mi fuerte. Todo el tema logístico lo dejé en manos de mis ayudantes, Mia y Lidia, que hicieron un trabajo excepcional.
Yo sólo sabía que estaba dispuesto a darlo todo, me dejaría la piel. Correría hasta que no pudiera más, controlando el ritmo y hasta donde llegara, y un poco más y quizás más allá y quizás incluso, mucho más allá, donde nunca  he estado...

Salida, con la acropolis al fondo.

La salida desde la Acrópolis de Atenas es espectacular, cientos de corredores de todo el mundo dándose ánimos, haciéndose fotos y deseándose suerte. Yo no soy muy dado a todas estas cosas, más bien me da por concentrarme conmigo mismo, mirando en mi interior e intentando aislarme un poco de todo, puedo parecer hosco y distante pero necesito hacerlo así, cuestión de carácter...
Por fin salimos. Son las siete de la mañana y todavía es de noche, me encuentro muy bien, me ha pasado el dolor de cabeza de estos últimos días y todas las molestias musculares y articulares han desaparecido. Me siento muy extraño, parece que tenga que hacer algo muy excepcional  o diferente, pero al final lo único que tengo que hacer es correr. Correr y nada más y de eso ya sé, ya lo creo...
 Me dejo llevar y empiezo a disfrutar, todos estos meses de preparación, todos los nervios y tensiones por fin desaparecen y fluyo, floto, casi como volar. Sé que vendrán momentos muy duros y que será muy largo, pero ahora mismo no quiero pensar.
Los primeros kilómetros los hago con Jordi, un gran corredor que hace poco terminó una carrera que atraviesa todo el Pirineo, vamos hablando todo el rato de sus aventuras y me pasa el tiempo muy rápido, el ritmo es muy cómodo y aunque sé que falta muchísimo a mí me parece que vamos muy lentos. Hacia el kilómetro diez mas o menos lo dejo y emprendo esta aventura en solitario, y digo en solitario porque entre japoneses, finlandeses, búlgaros y mi inglés ...
Pasamos calles y más calles, semáforos, cruces, coches ... la gente va a trabajar y todo el mundo anima, se nota que los griegos conocen la carrera de cada año y todos colaboran. 

Ahora ya si que estoy totalmente metido en carrera, corriendo muy cómodo y disfrutando de poder estar aquí, me siento un privilegiado y el sentimiento del público es de respeto y admiración.

Paso el maratón en cuatro horas y cinco minutos, algo más de lo que tenía previsto pero vaya, de momento todo va muy bien y marcha sobre ruedas. Aquí me esperan Mia y Lidia pero no necesito casi nada la verdad, el próximo avituallamiento para poder recibir asistencia es en el kilómetro ochenta y uno y para allá que me voy ...
A partir del kilómetro 50 empiezo a notar un poco el cansancio, he visto gente que caminaba ya en el kilómetro treinta y yo de momento no lo quiero hacer. Quiero pasar los tiempos de corte con suficiente margen, para ir tranquilo después si la cosa se tuerce. La temperatura es bastante agradable aunque el sol pica, y con ganas.
Pienso en la gente que me ha apoyado en esta aventura, y sobre todo, pienso en mi familia, siento su fuerza y ​​energía en la distancia, no los puedo defraudar. Vamos, Esparta me espera!
Hacia el kilómetro 70 siento una molestia en un dedo del pie y creo que es una ampolla, llevo zapatillas de repuesto y estoy deseando llegar ya en el km 81 para poder descansar y cambiarme. De hecho, estoy bastante cansado pero de ánimos y energía estoy a tope.

llegada al km 82 con Paris Canals
Llego al avituallamiento junto con Paris, gran corredor y compañero de habitación, voy bastante tocado pero tengo todavía una hora y media de margen del tiempo de corte. Estos últimos kilómetros me han hecho sufrir considerablemente y tengo la primera crisis. Mia y Lidia me tienen preparada una silla y nada mas llegar, me siento, como, me cambio de ropa y zapatillas y veo una ampolla debajo de una uña que da miedo. No pasa nada, venga gas, que aún falta mucho.
Salgo del avituallamiento totalmente renovado y sigo corriendo, horas y horas, aunque ahora no quiero caminar, sé que lo tendré que hacer cuando empiece la zona de la montaña. De vez en cuando me da por hacer cálculos; que si ritmo, que si kilómetros que me faltan, horas ... buf, mejor no pensar en ello. Se trata de poner un pie delante del otro, nada más, dejarse llevar y siempre avanzar, poco a poco, y tener paciencia.
Para mí correr, es algo más que una actividad física, es un viaje hacia mi interior, una forma de pensamiento en forma de acción, una manera de vivir a cada paso, intensamente. Y eso es lo que me empuja y me da fuerza para continuar, a pesar de todas las adversidades que me he encontrado y me encontraré.

carreteras Griegas, siempre con vistas al mar. 

Kilómetro 100, algo menos de once horas, voy muy bien de tiempo y muscularmente me encuentro las piernas bastante frescas, pero lo que más me hace sufrir son los pies. Me molesta la planta y ha ratos los laterales, me cambio las zapatillas a menudo y esto me atenúa el dolor un poco, pero no del todo.

En ese punto de la carrera supe que lo que estaba haciendo, era lo que quería hacer. Me sentí un verdadero corredor de ultrafondo, aquel que se sobrepone a las adversidades y además con alegría, cien kilómetros en las piernas y cien más por adelante y cuarenta seis de propina, eran unas perspectivas apasionantes ...

Sufrí una pequeña caída, nada grave.


Empieza a hacerse de noche y con ella empieza otra carrera. La circunferencia delante mío de la luz del frontal como única compañía y un montón de kilómetros por delante. Tengo ganas de que llegue la subida, por lo menos para que cambie algo.
La carrera tiene setenta y cinco avituallamientos, la distancia entre ellos es de dos, tres, cuatro, o como mucho seis kilómetros, esto hace que a menudo pueda coger agua y comer algo. De estos setenta y cinco hay nueve en los que puedo recibir asistencia y la verdad es que se agradece muchísimo saber que hay alguien que está pendiente de mi, que te lleva lo necesario, te anima y te apoya.
kilómetro 124, llevo catorce horas y media, voy muy bien, estoy haciendo un carrerón , pero en el fondo, muy dentro de mí, todavía tengo la incertidumbre del que no sabe lo que le espera. Esto es muy, muy largo y hay que tener mucha paciencia, no perder la fe en uno mismo y seguir corriendo.

Empieza un largo camino polvoriento que me deja los pies aún mas destrozados, las piedras y el polvo me entra en las zapatillas y me roza por todas partes. No paro de sacármelas, me las aprieto, ahora las aflojo, ahora las vuelvo a apretar... estoy sufriendo mucho de los pies y no me gusta, sé que en estas condiciones no llegaré muy lejos, pero yo no paro, eso si que no, venga va!

Y finalmente empieza la subida, había oído hablar de ella y realmente no me defraudó... una larga carretera que sube hasta un collado, y luego más arriba todavía, veo las luces arriba del todo y solo de pensar en lo que tengo que subir me aterra. Sube sube y sube, caminando, paso lento, pesado. Hace frío y me pongo  la camiseta térmica y los guantes y noto, con  cada paso, como pierdo la energía. Me cuesta mucho avanzar, tengo sueño, se me cierran los ojos, hago zig zag  y me duermo de pie, estoy hecho puré, no puedo con mi alma.
 A llegado la hora en que el ultrafondo te regala estos momentos tan mágicos, aquellos en los que has de sobreponerte sí o sí, como sea, y seguir luchando, no hay otra, me encanta...

Kilómetro 146. Llego arriba el collado totalmente exhausto, Mia y Lidia me cuidan como a un niño, me cubren con mantas y les digo que necesito dormir, sólo unos minutos, pero soy consciente de que si me abandono ya no me levanto. Cierro los ojos solo unos minutos y me digo a mis mismo que no he llagado hasta aquí para ahora dormirme. Me tomo dos vasos de sopa, un gel y una pastilla de cafeína y después de unos minutos luchando contra el sueño y con mi fuerza de voluntad, sigo arriba, haciendo un esfuerzo sobrehumano pero con determinación.


En este punto la ayuda de Mia y Lidia fue decisiva y determinante, sé que sin ellos hubiera abandonado, no tengo ninguna duda. Subestimé un poco el desnivel de la carrera y llegué muy justo, pero ellos entendieron perfectamente mi estado, me apoyaron y dieron lo que me hacía falta, y es que no hay nada mejor que la amistad para sobreponerse a estas situaciones. Recuerdo las palabras de Mia antes de partir: ahora cogetelo con calma eh? poco a poco y ya verás como te encuentras mejor.
Y así fué, subí toda aquella montaña, el monte Partenio, con pasión, adelanté tres o cuatro corredores y me volví a sentir algo más que una piltrafa humana ...

Muerto en vida...
Una vez arriba empieza una bajada con una pendiente considerable, llena de piedras y larga, muy larga. Bajo muy despacio, primero, para no cargar los quádriceps en exceso y segundo, porqué no me quiero caer. La cosa pinta bastante bien, sólo tengo que ir haciendo como hasta ahora y eso ya lo tengo ...
mentira! falta mucho todavía, es de noche, estoy cansado y me duelen mucho los pies. Pero en lo mas profundo de mi ser, lo estoy disfrutando, estoy corriendo la ultramaratón más importante del mundo, la madre de todas las carreras y todavía estoy vivo y sigo en carrera, mientras me quede una brizna de energía seguiré y ahora mismo, mantengo la ilusión y el entusiasmo que me ha llevado hasta aquí todavía intacto.

Kilómetro 162, llevo veinte y tres horas justas. Tengo frío. Sigo vivo.


Avituallamiento en plena noche, recuerdo unos pinchos al limón que me trajo Lidia...

Hace una fría noche y tengo que parar a abrocharme las zapatillas porque noto que me están rozando en los talones, pero me da pereza porque me tengo que quitar los guantes. Finalmente lo hago y, durante un par de horas voy mucho mejor, pero luego me doy cuenta que me aprietan demasiado y todavía me duelen más los pies. 
Se está haciendo de día, hay una espesa niebla que enrarece todo el ambiente y sigo con la tontería del pie, parece como que se me haya roto un tendón o algo así, el dolor es terrible. Empiezo a caminar apoyando el pie por la parte de afuera, pero se me hace insoportable el dolor. Queda todavía diez kilómetros para llegar al punto de asistencia y eso me está matando. Ahora mismo correría pero no puedo, el pie me quema y a cada paso es como un martillazo.

Veo como la carrera se me escapa, ay madre mía que no llego, ay que no termino. Pero no. Llego finalmente al avituallamiento, a duras penas, roto por dentro y con los pies destrozados. Me cambio nuevamente de zapatillas y la cosa mejora muchísimo. Vamos David, que todavía estás en carrera!, los ánimos de mis ayudantes valen por mil y yo voy pasando por todos los estados anímicos. Paso de la miseria más absoluta y arrastrarme, a correr a buen ritmo y con optimismo, exultante.
El correr estas distancia ya las tiene estas cosas, conozco bien esa sensación, en cualquier momento la cosa se tuerce y parece que te vayas a morir, y poco después, te sientes  superman.

Empieza un nuevo día y con el, nuevas sensaciones, pero todavía estoy haciendo lo que hacía ayer, el paso del tiempo es un misterio, a veces parece que lleve sólo un rato corriendo y ahora mismo parece que lleve una vida entera. Ya no sé que me pasa, me siento extraño, falta mucho y me duelen tanto los pies que sólo quiero parar de andar de una vez. Pero no lo haré. Llegaré aunque sea de rodillas, esa es la actitud.
Es curioso como la voluntad modula los pensamientos y los pensamientos hacen las acciones y ahora vuelvo a correr, y con muchas ganas. El caminar es para los débiles y yo soy fuerte, quiero ser fuerte. Dale caña otra vez David!

Kilómetro 200, me quiero morir, estoy reventado y voy fundidísimo, tengo mucho sueño y no puedo más. No puedo. Me tumbo en el suelo y sólo quiero dormir, dormir y dejar de sufrir de una vez. Mia me recuerda algún abandono de alguna otra carrera y me hace ver que abandonar no es una opción, hay que seguir, si o si. Dentro de mí, guardo todavía una pequeñísima gota de energía y me vuelvo a levantar y sigo, aunque parezca imposible, sigo.
Me pregunto a mí mismo si cruzar estas líneas vale la pena, ¿donde esta el límite ?, ¿dónde está el puto límite? El límite lo pongo yo, así de sencillo, y así de difícil.


A solo 24 km de Esparta, reír para no llorar...

Venga vuelta a empezar. Todavía tengo energía para correr, es un correr muy lento, doloroso, pero el suficiente y necesario para seguir avanzando. El sol brilla con toda su intensidad y hace un calor de mil demonios, me está dando una paliza que la cabeza parece que me vaya a estallar.
Me leen los mensajes de ánimos que me llegan y no puedo más que emocionarme, estoy contento porque sé que no estoy solo en esta aventura, tengo el apoyo de los que me quieren y eso no tiene precio. Me reconforta saber que en el fondo no estoy solo. Esto lo acabaremos entre todos.
La carretera sigue subiendo y subiendo, y luego bajando y bajando y así por todo el tiempo, kilómetros y kilómetros de asfalto que se hacen interminables. Los coches y camiones pasan muy cerca de mi, alguno quizá demasiado, pero ya no me afecta. Voy como un zombi, a paso lento pero con una sola determinación; llegar a Esparta.




Los mensajes de mis hijos...y de mis animales, ha ha ha...

Cuando me faltan 30km empiezo a entrever que esto, tal vez, y digo sólo tal vez, quizás, pueda terminarlo. Se que en cualquier momento puede pasar cualquier cosa y aunque me encuentro relativamente bien y la determinación es de hierro, soy consciente de que estoy en un estado muy vulnerable.

Los últimos kilómetros no se muy bien como fueron, ni tengo muy claro como los hice, tengo una niebla mental y queda todo difuminado, sólo recuerdo un sol que me quemaba la piel y un sentimiento de felicidad al ver que faltaba tan poco y que sería capaz de terminar.

Quedan diez kilómetros chaval, eso ya lo tienes, ahora si que si, lo veo clarísimo, el Spartathlon es tuyo!. Pero no, todavía no, estos diez kilómetros se tienen que correr  y en mi estado esto supone más de una hora y media.

Nueve kilómetros.

Seis kilómetros.

Veo Esparta allí abajo, a lo lejos,  y esto no se acaba nunca, por Dios, nunca.

Dos kilómetros.

Empiezo a correr y de repente se me pasa todo, todo el cansancio y todo el dolor se quedan en nada, sólo corro. La gente aplaude desde los balcones, los coches tocan la bocina, los niños corren a mi alrededor. Se me humedecen los ojos, no lo puedo evitar. Me pongo a llorar como un tonto mientras corro a todo lo que mis piernas maltrechas me dejan, me siento invencible. Estoy en un estado muy dificil de describir en palabras, como en una nube. El último kilómetro lo hago a 03:30, totalmente desbordado por las emociones que me brotan de dentro. Estoy en la última recta y ya veo la estatua de Leónidas allá al fondo. Ostiaaaa, por fin! lo he conseguido! había visualizado este momento mil veces y ahora era real, es real!

He hecho muchísimas carreras en mi vida y he disfrutado de muchísimas metas y llegadas, pero aquella fue realmente especial, la recordaré para siempre. Toqué los pies de Leónidas y me pusieron una corona de olivo, bebí agua sagrada del río Eurotas, me sentí en paz conmigo mismo. Lo había conseguido.









La Spartathlon ha sido un punto de inflexión en mi vida deportiva, una carrera que ha significado un reencuentro con mi yo corredor y mi espiritu más profundo, una experiencia casi mística por los caminos de la historia.
La Spartatlhon es una carrera muy especial, pero a la vez muy normal y para gente muy normal. Me considero un corredor mediocre,  como cualquier otro y esta carrera está al alcance de quien se lo proponga, sólo hace falta determinación y sobre todo mucha pasión y tal vez un poco de suerte. En mi caso tuve el soporte de Mia y Lidia y eso es lo que marcó la diferencia, quisiera agradecer desde aquí su ayuda, ellos también hicieron una carrera de ultrafondo siguiéndome durante un día y una noche. Muchísimas gracias!



Lidia y Mia, mis angeles de la guarda.




Muchas gracias tambien a toda mi famila, por aguantarme todos esos meses de entrenamientos, a mi grupo habitual de entrenamiento, con David kipelio al frente, a Fanàtik por su apoyo logístico, a Marc, mi fisio y a todos que de una manera u otra me dieron animos y confiaron en mi, a todos, muchísimas gracias.
Ya soy espartano!



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